No todo lo que imaginas está pasando.

Hay algo que hacemos muchas veces sin darnos cuenta.

Pasa algo.
Sentimos algo.
Y entonces nuestra cabeza empieza a trabajar.

Una mirada diferente. Un silencio. Un mensaje que no llega. Una respuesta que no esperábamos.

Y aparecen los pensamientos:

“¿Qué le habrá pasado?”
“Seguro que está enfadado conmigo.”
“Ya no le importo.”
“Lo sabía.”
“Siempre termina pasando lo mismo.”

Y cuanto más pensamos en ello, más real parece.

La emoción aumenta, nuestra mente empieza a encontrar más cosas que confirman lo que estamos sintiendo y, sin darnos cuenta, podemos terminar reaccionando no solo a lo que ha ocurrido, sino también a todo lo que hemos imaginado alrededor de ello. Porque quizá esa situación de hoy no empezó hoy. Quizá ya hemos vivido algo parecido en otro momento. Quizá conocemos la sensación de ser rechazados, de no sentirnos suficientes, de que alguien se aleje, de que no nos tengan en cuenta… y cuando algo en el presente se parece, aunque sea un poco, esa herida puede volver a activarse.

Y entonces nuestra mente intenta completar lo que no sabe. Si no tenemos una respuesta, la inventa. Si no sabemos qué está pensando alguien, imaginamos. Si no sabemos qué va a ocurrir, anticipamos. Y muchas veces construimos una historia que encaja perfectamente con aquello que ya sentimos.

A veces no reaccionamos a lo que pasó. Reaccionamos a la historia que nos contamos sobre lo que pasó.

Pero hay algo más. No siempre imaginamos lo peor. A veces nuestra mente también construye una historia para tranquilizarnos, para protegernos o incluso para evitar que veamos algo que nos duele. Imagina, por ejemplo, que estás viviendo una situación de maltrato dentro de una relación.

Quizá una parte de ti empieza a reconocer que algo no está bien. Pero entonces aparece otra voz:

“Es bueno conmigo.”
“Si realmente no me quisiera, no me habría regalado ese ramo.”
“Tiene sus momentos, pero en el fondo me quiere.”
“Quizá estoy exagerando.”

La mente también puede crear explicaciones que nos permitan seguir creyendo aquello que necesitamos creer.

Por eso no se trata solamente de preguntarnos: “¿Estoy imaginando algo malo?”

También podemos preguntarnos: “¿Estoy imaginando algo que necesito creer para sentirme mejor?”

Y aquí quiero hacer una pausa importante. Esto no significa que tengamos que desconfiar de todo lo que sentimos. Hay situaciones que son exactamente como las estamos percibiendo. Hay personas que pueden hacernos daño. Hay comportamientos que no necesitan que encontremos una explicación para justificarlos. A veces lo que sentimos nos está mostrando algo importante.

La cuestión está en aprender a distinguir.

¿Qué está pasando?
¿Qué estoy sintiendo?
¿Y qué estoy añadiendo yo a esta historia?

Porque hay un momento, a veces casi imperceptible, en el que dejamos de estar en lo que está ocurriendo y entramos en lo que nuestra cabeza está construyendo.

“Seguro que…”
“Y si…”
“Lo que habrá querido decir es…”
“Ya verás que…”

Y entonces empieza la película. Ese es el momento que podemos aprender a reconocer.

No para controlar nuestra mente.
No para dejar de pensar.
No para decirnos que lo que sentimos está mal.

Sino para poder decir: PARA.

Simplemente PARA. Y volver. Volver a lo que está ocurriendo ahora.

¿Y qué puedo hacer cuando me doy cuenta?

Puedes empezar por cuatro preguntas muy sencillas:

  • ¿Qué sé? Solo los hechos, sin interpretaciones.
  • ¿Qué estoy sintiendo? Sin juzgarlo ni intentar cambiarlo.
  • ¿Qué estoy imaginando? No para decir que está mal, sino para reconocer que todavía no sé si es verdad.
  • ¿Qué está ocurriendo realmente ahora mismo? Porque entre lo que ocurre y lo que nuestra cabeza construye puede haber un mundo entero.

Y cuanto antes nos demos cuenta, más posibilidades tenemos de volver al presente.

Y aquí también pueden acompañarte los aceites esenciales

Si eres de las aceiteras, para mí los aceites esenciales también pueden ser aliados en esos momentos en los que necesito parar y bajar un poco el ruido de mi cabeza.

Si siento que estoy demasiado metida en mis pensamientos y necesito despejarme y volver a estar más presente, puedo recurrir, por ejemplo, a Romero, que me resulta una opción estupenda cuando busco claridad y sentirme más despierta. Si estoy viviendo un momento de tensión y necesito cambiar el ritmo, puedo elegir Stress Away.

Y si lo que necesito es calma, Lavanda puede ser mi compañera. O quizá tú tengas otro aceite que para ti tenga ese significado. No necesitas hacer un ritual complicado.

Si eres aceitera, simplemente aplícate tu aceite, inhálalo y, mientras respiras, puedes decirte: PARA. Dale a tu cuerpo y a tu mente un momento para bajar el ruido.

Y cuando sientas que estás más en calma, si necesitas retomar aquello que estabas haciendo, hazlo desde ahí. Porque a veces un par de minutos de cambio pueden cambiarte la perspectiva y ayudarte a actuar de otra manera.

Y quizá eso también sea volver a lo esencial: parar antes de seguir. No siempre necesitamos tener todas las respuestas.

No necesitamos saber qué está pensando la otra persona.
No necesitamos anticiparnos a lo que va a ocurrir.
No necesitamos resolver una historia que todavía no existe.

Podemos quedarnos aquí.

En el presente.

Porque desde el presente podemos escuchar.
Podemos preguntar.
Podemos poner un límite.
Podemos decidir.
Podemos esperar.

Quizá el objetivo no sea conseguir que nuestra cabeza deje de imaginar. Quizá sea aprender a no confundir lo que imaginamos con lo que está pasando. Y aprender a volver. Nuestra mente puede viajar al pasado, adelantarse al futuro, construir conversaciones que nunca tuvimos y crear respuestas que nadie nos ha dado.

Pero nuestra vida está aquí.

Ahora.

Quizá no podamos evitar que nuestra mente empiece una película. Pero podemos aprender a reconocer el momento en que empieza.

Y decir: PARA.

Porque no todo lo que imaginas está pasando. Y no todo lo que tu cabeza te cuenta necesita convertirse en tu realidad.

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