Cuando empiezas a cambiar… te pierdes un poco a ti misma

Hay una parte del proceso de cambio de la que casi nadie habla. Y es esta: no es solo que empiezas a cambiar… es que por momentos dejas de reconocerte.

Porque un día reaccionas diferente. Otro día eliges algo que antes no habrías elegido. Otro día dices algo que nunca habías dicho. Y te sorprendes. No porque esté mal… sino porque no encaja con la versión de ti que conocías. Y ahí aparece una sensación rara. Como si estuvieras en medio. Entre la persona que eras… y la persona que estás empezando a ser. Y eso descoloca.

Porque durante mucho tiempo tu identidad ha estado muy definida:


“yo soy así”
“yo siempre reacciono así”
“a mí me cuesta esto”
“yo no soy de…”

Y de repente, todo eso empieza a moverse. Y cuando la identidad se mueve… la mente busca referencias. Pero no las encuentra. Y ahí entra algo muy importante: “El Ego” No como algo malo. Sino como esa parte de ti que necesita seguridad, control y coherencia para sentirse estable. Y cuando detecta cambio, intenta hacer lo que sabe hacer mejor: crear duda.

“¿Estás segura?”
“Antes no eras así”
“¿Y si te estás equivocando?”
“¿Y si esto no es para ti?”

No porque sea verdad… sino porque no entiende el cambio sin validación externa. El ego prefiere lo conocido, incluso si no te hace bien, antes que lo desconocido sin control. Y por eso el proceso se siente tan inestable a veces. Porque no estás solo cambiando hábitos. Estás reeducando tu sistema interno. Y eso no es lineal.

Hay días en los que te sientes fuerte. Otros en los que dudas. Otros en los que vuelves a patrones antiguos. Y otros en los que te sorprendes actuando desde un lugar nuevo. Y todo eso forma parte. Porque no estás cambiando hábitos. Estás cambiando identidad. Y eso no se ordena en dos días. Se reorganiza con el tiempo.

Con repetición. Con experiencia. Con presencia.

En este punto, más que nunca, necesitas algo importante: no exigirte coherencia perfecta mientras estás cambiando. Porque el sistema no aprende linealmente. Aprende por capas. Y mientras eso ocurre, a mí me ayudaron pequeños apoyos para no perderme en el proceso.

  • Incienso, para volver a mí cuando sentía confusión interna.
  • Grounding, para no desconectarme cuando mi mente se iba a mil preguntas.
  • Lavanda, para calmar el ruido mental en momentos de duda.

Pero también empecé a crear algo muy simple que me ayudaba muchísimo en el día a día… un pequeño ritual de vuelta a mí. No tenía nada complicado. Solo consistía en parar un momento. Respirar. Y hacerme una pregunta muy sencilla:

“¿Esto que estoy sintiendo es presente… o es mi mente intentando volver a lo conocido?”

A veces lo acompañaba con Incienso, simplemente oliéndolo antes de sentarme un minuto en silencio. O con Grounding, aplicándolo en las manos como recordatorio de presencia. O con Lavanda, en momentos de mucha activación mental, para ayudar al cuerpo a bajar revoluciones. No era un ritual perfecto. Era un espacio. Un punto de retorno. Y eso cambiaba mucho más de lo que parecía. Porque en vez de engancharme con la duda… aprendía a observarla. Y en ese espacio, paso  a paso, algo dentro empezaba a ordenarse. Y con el tiempo entiendes algo muy importante: no te estabas perdiendo. Te estabas reorganizando. Y esa nueva versión de ti…no se encuentra de golpe. Se va reconociendo paso a paso.

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