Nos enseñaron a vivir en modo hacer. Desde pequeñas aprendimos que había que hacer más, llegar a todo, ser productivas, aprovechar el tiempo y no parar. Porque, de alguna manera, cuanto más haces, más vales. Y sin darnos cuenta, ese modo hacer se convirtió en nuestra forma automática de estar en la vida.
El modo hacer: cuando el cuerpo va detrás
Vivir en modo hacer no es malo en sí. El problema aparece cuando es el único modo que conocemos. En el modo hacer el cuerpo se aguanta, las emociones se aparcan, el cansancio se normaliza y la respiración se vuelve corta y rápida. Seguimos tirando, un día más, una tarea más, hasta que el cuerpo empieza a hablar. Dolores, insomnio, ansiedad, cansancio crónico, bajadas de defensas… no para fastidiarnos, sino para avisarnos.
El modo sentir: volver a casa
Vivir en modo sentir no significa dejar de hacer. Significa no vivir desconectadas mientras hacemos. Es escuchar el cuerpo, respetar los ritmos, notar cuándo algo pesa y parar antes de romper. Es vivir desde dentro hacia fuera. Cuando estás en modo sentir respiras más profundo, tomas decisiones con más claridad, respondes en lugar de reaccionar y descansas sin culpa. La vida no se vuelve más fácil, pero tú sí te vuelves más presente.
¿Desde dónde estás viviendo tú?
No es una pregunta para juzgarte, es una invitación. ¿Desde la prisa? ¿Desde la exigencia? ¿Desde el cansancio? ¿O desde la escucha? La mayoría vivimos en modo hacer… hasta que el cuerpo dice basta. Y la buena noticia es que se puede aprender a vivir de otra manera.
Pequeños gestos que te devuelven al sentir
No hace falta cambiarlo todo. Hace falta empezar a poner conciencia en lo cotidiano.
Déjame hacerte una pregunta muy simple. Cuando desayunas, almuerzas o cenas… ¿te sientas?, ¿miras tu plato?, ¿ves los colores de una comida sana y completa?, ¿comes con calma, sola o en compañía, sin móvil?, ¿disfrutas de los sabores? ¿O comes de pie, apurada, con el teléfono en la mano y haciendo mil cosas a la vez?
Al principio (sobre todo cuando somos más jóvenes) parece que da igual. Todo nos cae bien. El cuerpo aguanta. Pero con los años empiezan a aparecer señales: digestiones pesadas, hinchazón, cansancio después de comer, sensación de malestar. No porque la comida sea peor, sino porque el cuerpo y la digestión están cansados del agite constante, de no parar nunca. Y ahí empieza una cadena de síntomas que muchas veces normalizamos.
Pero no es solo la comida. ¿Cómo te duchas?, ¿disfrutas de ese momento o lo haces corriendo? ¿Te cuidas?, ¿te das crema con presencia o sales disparada de casa? ¿Te levantas con tiempo o siempre vas con el reloj en la nuca?
Te invito a que empieces a observar tu día a día, no para cambiarlo todo de golpe, porque eso solo genera más estrés, sino para darte cuenta. Ahí es donde empiezan los cambios reales.
Cambios pequeños, hábitos reales
No creas que porque lo hagas una semana ya está todo solucionado. Esto va de hábitos que se incorporan paso a paso, de repetición y de amabilidad contigo. Y llegará un día en el que te preguntes: ¿de verdad yo vivía así? ¿Cómo aguanté tanto tiempo? Tú… y tu cuerpo.
Una práctica sencilla con aceite de menta

Quiero dejarte aquí una práctica muy concreta, porque a veces es más fácil entender todo esto cuando lo llevamos al cuerpo. No sé si sabes que el estómago y la cabeza están muy relacionados (pero de esto hablaremos en otro momento). Yo tuve una época en la que todo me caía pesado. No le di importancia y seguí en modo hacer, hasta que empezaron los dolores de cabeza. Y no cualquier dolor: migrañas fuertes. Probé médicos, tratamientos y pastillas. Encontré una que me ayudaba, pero no solucionaba el origen. Cuando los aceites llegaron a mi vida, en uno de los grupos hablaron del aceite de menta. Recuerdo pensar: “¿en serio?”. Aun así, lo probé. Hoy puedo decirte que llevo más de cinco años sin volver a tomar una pastilla de esas.
Cómo lo hago yo
Cuando noto que el dolor de cabeza está a punto de empezar, paro. Al principio necesitaba pausas más largas; hoy, con cinco minutos suele ser suficiente. Me aplico aceite de menta en las sienes y en la zona donde noto más tensión. Después pongo una gota en la palma de la mano, la activo y hago varias inhalaciones profundas. Respiro lento, presente, sin hacer nada más. Al rato, estoy como nueva. Y lo importante no es solo que el dolor se vaya. Lo importante es lo que hay detrás: parar, escuchar y atender la señal. Eso es de lo que hablo cuando digo vivir en modo sentir. Aprendes a escuchar a tu cuerpo, y cuando lo haces, él te da exactamente las señales que necesitas para poder estar bien.
Un apoyo clave en mi camino
A mí, quien me ayudó muchísimo a aprender a escuchar a mi cuerpo y a bajar las revoluciones fueron los aceites esenciales. Cuando empecé a usarlos no entendía muy bien cómo podía ser eso. No sabía por dónde empezar ni qué aceite usar para cada cosa. Con el tiempo, y ya casi cinco años después, puedo decir que no los cambio por nada en el mundo. Hoy son mis aliados. Me noto algo, un aceite. Necesito calmarme, un aceite. Dolor de barriga, un aceite. Relajarme, un aceite. Defensas bajas, un aceite. Y la satisfacción de aplicártelo y notar cómo empiezas a mejorar es enorme. Pero el verdadero regalo no es solo ese.
Lo más importante, y el significado real de todo esto, es que he aprendido a escucharme. A darme cuenta de qué necesito en cada momento y a responderme con amor y presencia. Eso es lo que de verdad me han regalado los aceites, además de ayudarme a reducir el uso de medicamentos. Porque cuando aprendes a escucharte, ya no hay vuelta atrás.
Elegir conscientemente
Nos enseñaron a vivir en modo hacer, a tener más para valer más. Yo no lo creo. Elegí vivir de otra manera: disfrutando la vida, lo que hago y lo que comparto, descansando, escuchándome, aprendiendo cosas nuevas siempre, aprendiendo a respirar (algo tan básico que ni siquiera sabemos cómo lo hacemos) y, por supuesto, acompañándome con mis aceites esenciales, que no cambio por nada en el mundo.
No porque todo sea perfecto, sino porque ahora vivo más presente, más en calma y más en mí. Porque he aprendido a escucharme, a respetar mis tiempos y a atender las señales de mi cuerpo y de mi mente.
Hoy puedo decir con total sinceridad que mi vida ha dado un giro de 360 grados. Y si te preguntas si es posible para ti, la respuesta es sí: todo empieza por tomar decisiones conscientes en lo cotidiano, por parar, escuchar y responder desde ti misma.
Si este texto te ha removido algo, no lo ignores. Quizá tu cuerpo te esté pidiendo atención. Escúchalo. Y si quieres aprender a vivir así, aquí estoy.




Deja un comentario